Aprender bailando a liderar y ser liderados

Llevaba un tiempo posponiendo (también podría decir que autocensurándome) el escribir sobre el baile como un modo alternativo de aproximarse al aprendizaje y la experiencia del liderazgo. Defiendo, por experiencia propia, que aprender a bailar es un ejercicio de crecimiento personal. En mi caso para perder la vergüenza y tomar mejor conciencia del cuerpo, por citar sólo dos cosas.

Aprender a bailar en pareja es además un ejercicio que ayuda a tomar conciencia sobre las actitudes de liderar y ser liderado. Más aún en un baile tan de contacto y tan íntimo como el tango argentino. Me ha animado a escribir sobre ello el encontrar dos artículos de fuentes ‘respetables’ sobre la conexión entre el aprendizaje del tango y el del liderazgo:

El liderazgo, como el baile, sólo se aprende practicando. Como facilitadores, sabemos que las lecciones teóricas sobre liderazgo sirven de poco si no se añade un componente experiencial, que introducimos en nuestros talleres proponiendo dinámicas y conversaciones sobre situaciones concretas. En ocasiones, cuando la audiencia es la apropiada, lo hemos probado con situaciones de baile en pareja.

¿Qué nos puede enseñar sobre el liderazgo un ejercicio de baile?

1. Un requisito para el éxito consiste en presentarse (dijo Woody Allen). Para baliar hay que salir a la pista, lo que a veces exige un ejercicio de autoliderazgo, de asumir la propia vulnerabilidad, de abrirse a la incógita de no poder prever cómo será la experiencia de bailar con esa pareja con la que nunca antes lo has hecho. La secuencia de baile entre Jessica Biel y Colin Firth en «Easy Virtue» me parece una demostración memorable.

2. El baile es comunicación. El baile en pareja comporta un abrazo, un contacto físico que no practicamos con cualquiera ni en cualquier circunstancia. El objetivo y la esencia del abrazo es la comunicación imprescindible entre los bailarines. Un abrazo demasiado fuerte ahoga a la pareja. Pero uno demasiado flojo hace muy difícil que los bailadores bailen juntos; lo harán uno al lado del otro, pero no en sintonía.

3. El alineamiento es imprescindible. Puede que no sepamos de antemano si la persona con la que vamos a bailar es más o menos experta que nosotros, ni si estamos familiarizados con los mismos pasos. Por ese motivo, corresponde a la persona que guía (evito a conciencia decir «que lidera»)  crear espacios para que su pareja se manifieste y disfrute, como Al Pacino demuestra en su famosa secuencia de tango en «Perfume de mujer«. Entre bailarines más expertos, el objetivo del que lleva es directamente el lucimiento de su pareja, no el propio. Pero quien es llevado tiene mucha libertad para decidir cómo corresponder a su pareja, con qué energía, con qué sofisticación, o incluso con qué ritmo, como le sucede a Antonio Banderas.

4. El protagonismo no está decidido de antemano. El ‘follower’ puede liderar, habilitar e incluso contagiar a quien nominalmente haría de ‘leader’.  Que se lo cuenten, si no, a Richard Gere. Como en toda cultura de liderazgo distribuido, hay ocasiones en que es apropiado y necesario liderar al líder.

Lo dejo aquí, porque soy muy consciente de que, por mucho que haya batallado con las palabras, este discurso no es para nada experiencial. Pero podemos convertirlo en un taller de liderazgo si os interesa.

P.S. Quizá alguien haya observado que el texto anterior no utiliza marcadores de género. Es deliberado, porque me reservo una cuestión sobre baile y género en una próxima entrada.


Coperfield es una agencia de transformación. Aspiramos a mejorar el mundo facilitando procesos de cambio en las organizaciones y en las personas. Creemos en la capacidad de los colectivos  para co-laborar y co-crear sus propias respuestas a los retos a los que se enfrentan. Sabemos cómo facilitar y acompañar el cambio de cultura de vuestra organización hacia un liderazgo distribuido. Contactadnos en hola@coperfield.org.

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